Viernes, 03 de Septiembre de 2010
Fecha última actualización 27/06/2010


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En busca del hijo perfecto :
Los riesgos de la sobreexigencia
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22-Nov-2005
No puedo creer que mi hijo esté internado en esa clínica psiquiátrica -dice Patricia, la mamá de Fernando, en una reunión de La Escuela para Padres-. El, que terminó el secundario con promedio 9,50. Habla inglés, alemán y portugués, ¡siempre fue tan inteligente! Yo lo soñaba perfecto y él lo era. De chico siempre era abanderado, quizá no le di tanta importancia a otras cosas, no sé?
Todos los padres queremos lo mejor para nuestros hijos y antes de tenerlos los soñamos perfectos y nos pensamos los mejores padres del mundo, que vamos a poder corregir todo aquello que no nos gustó de nuestros padres.
Pero a partir del nacimiento comenzamos a enfrentar la realidad: que aunque nos dediquemos nunca vamos a ser perfectos, ni tampoco nuestros hijos. Empezamos entonces a querer y aceptar al hijo real, y a aceptarnos con nuestras buenas intenciones, pero con ciertos errores, y nos sorprendemos transmitiendo siempre algo de nuestra historia. Esto es un fenómeno espontáneo, involuntario y normal.
El problema surge cuando por vivencias de los padres no elaboradas no se tolera que el hijo sea diferente a lo soñado y esto es sentido como falla. La falla es sentida por los padres y les resulta intolerable. Por ejemplo, si el nene no juega bien al fútbol y lo dejan en el banco puede ser sentido por los padres como que por algo de ellos el nene juega mal, ven a su hijo como que es menos.
En ese ver comienza una cierta mirada sobre el hijo que a su vez lo va determinando. De este modo van armando un exceso de expectativas sobre el hijo. El afán de que obtengan éxito y logren las mejores oportunidades puede ocultar que no es un simple deseo de que los hijos sean felices, sino que estén al servicio de tapar las carencias de los padres.
Muchas veces los mismos padres creen que así podrían responder a lo que suponían que sus respectivos padres estarían esperando de ellos. De este modo, las verdaderas capacidades, necesidades y deseos de sus hijos quedan sin tener espacio para desarrollarse.
La sobreexigencia coloca al hijo en una necesidad de suplir, de ser prótesis, en un modo inconsciente, de sus padres. Así se favorece la falta de motivación propia y se imposibilita la tolerancia para aceptar y afrontar las dificultades, que serán sentidas como fracasos.
Si un hijo debe responder a lo soñado por los padres no puede ser él mismo ni sentirse auténtico, de esto se trata la sobreexigencia. El lugar en la vida no se encuentra, cada uno lo construye a partir de ir siendo uno mismo. Pero si se debe responder al ideal de los padres, difícilmente pueda lograr este crecimiento.
En algún momento entonces sucede el quiebre. La sobreexigencia de los padres actúa como un poder patógeno sobre el hijo produciendo justo lo contrario de lo deseado.
El hijo se podrá curar a partir de que él y su familia se puedan conectar con los recursos internos sanos, con los aspectos genuinos del hijo y no con la parte perfecta que a modo de armadura debía responder a ese ideal. Desarrollando sus recursos internos genuinos va a poder transformar su malestar en salud.
Por Eva Rotenberg
Para LA NACION
La autora es directora de La Escuela para Padres ( www.escuelaparapadres.net ) y Miembro Didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina.
Fuente consultada:
La Nación
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